Te decides y abres los ojos, una molesta luz te pone impedimentos en la tarea e infinitas manchas, curiosamente transparentes, te dificultan la vista.
Los objetos no se ven claramente, una parte de ellos parece esfumarse y surgir como si estuviesen practicando una danza feérica que termina embrollando al ser.
Sientes la sangre hervir por tus venas, está caliente y te hace temblar. Así mismo, sientes frío y no cualquier frío, le llaman el del retiro. Creo que este último borra con sutileza todo dolor físico y carnal que pueda existir. Al parecer en esos momentos toda enfermedad es vencida por un dolor mayor, no es severo porque es opacado por lo que es conocido como desconsuelo o consternación.
Ahora se acerca él con su horrible y no deseable presagio, sube lentamente y cruza toda tu morada. Parece que viene de tan adentro que ni la misma ciencia ha descubierto el umbral, pero que no lo haya hecho no quiere decir que no exista. Él está ahí, se va avecinando y entre más cerca está, más fuerte y afanoso se hace. Es como si robara todas las energías existentes en tu vida y a su paso dejara sólo añoranza.
Logra su objetivo. Lágrimas provenientes del alma caen de tu rostro. Intentas reaccionar pero ya es demasiado tarde, has perdido y él ha ganado su permanencia perdurable e imperecedera dentro de ti.
Ahora te quedas con la migraña y la desesperanza. ¡Vaya mezcla!

No hay comentarios:
Publicar un comentario